Aketxe: «Con el golpe de Majadahonda aprendí a ser más fuerte, a sacar coraje y garra»

Aketxe. / P. Sánchez / AGM
Aketxe. / P. Sánchez / AGM

El delantero del FC Cartagena asegura que «aquí estamos todos para subir a Segunda, no para marcar muchos goles por tu cuenta y fichar por el Bayern de Múnich; el ascenso te cambia la vida»

RUBÉN SERRANO CARTAGENA

«¿Me vais a hacer fotos como si fuera un modelo? Chaval, no veas la que se va a liar en el vestuario, menudo cachondeo, me van a hacer el pasillo, verás tú». A Isaac Aketxe (Bilbao, 1989), bromista con todos y cada uno de los directivos y empleados del Efesé en el momento que atiende a 'La Verdad', no le gusta demasiado conceder entrevistas. Y mucho menos, posar para la cámara. Prefiere 'hablar' en el campo: con los años, el delantero vasco ha aprendido a curtirse a base de golpes. El más duro de su carrera lo vivió en mayo, en el Cerro del Espino, cuando, tras el partido, antes de subir al autobús, se quedó en 'shock'. «Fue un horror». Hizo «un lavado de cabeza de los buenos en verano», descartó otras ofertas y se quedó para sacarse esa espina de Majadahonda. Ahora, más fuerte, sigue enchufado: lleva cuatro goles y es uno de los responsables de que el Cartagena empiece a asomar la cabeza por los puestos de ascenso.

-Lo de no conceder muchas entrevistas, ¿es por timidez?

-No me considero una persona vergonzosa, pero no me gusta demasiado hablar en los medios de comunicación. Creo que es porque siento pudor, y no va con mi forma de ser. Al final, lo que a mí me gusta es 'hablar' en el campo, aunque hay veces que no salen las cosas. No me importa salir delante de los micrófonos y hablar; pero si lo puedo evitar, lo evito.

-¿Es tan duro como aparenta?

-Así de primeras, el que me ve puede pensar que sí. La mayoría de las personas me dicen que soy un tío muy frío. Pero todo lo contrario, yo me considero muy tonto, muy payasete, estoy todo el día hablando y haciendo bromas. No es como me pintan, ni mucho menos.

-Tendrá un lado más íntimo, que la gente no conoce.

-En casa tengo un gato, y de vez en cuando subo vídeos suyos a las redes sociales. Cuando vine a Cartagena, pensé que tal vez convivir con un animal podría venirme bien. Al principio pensé en un perro, pero es que si jugamos fuera de casa va a estar dos días solo encerrado y eso no puede ser. Es un gato pero, en realidad, parece un perro: le tiro la pelota y me la trae. Me da mucha vida.

-Y en el campo, ¿qué le da vida? ¿Qué le motiva?

-Pues sobre todo, la sensación de meter un gol. Es algo increíble y muy bonito. Pero también el trabajo diario, los entrenamientos; cuando paso un día sin tocar la pelotita, o sin correr detrás de ella, al final, sinceramente, me siento muy extraño. Desde pequeño quería ser futbolista. Evidentemente, en ese momento tu única meta es llegar a la élite. Por momentos piensas que si no estás en Primera, el mundo se acaba. No es así. El fútbol es mi pasión y, en los inicios, muchos amigos se quedaron en el camino: como veían que no podían llegar a la élite, lo dejaban y se buscaban otro trabajo.

-¿Lleva tanto sacrificio?

-Desde que eres un niño, prácticamente. Mi hermano [Ager Aketxe, que juega en el Cádiz] y yo siempre nos hemos sacrificado, y nos hemos perdido muchos momentos con los amigos y la familia por seguir enganchados. Necesitábamos jugar al fútbol todos los fines de semana. Al final, el tiempo te coloca en un sitio. Muchas veces te lo mereces o no te lo mereces, pero son circunstancias.

-¿Ve todavía esa ilusión?

-El fútbol ha cambiado mucho, y también mi hermano y yo. Cuando era un crío salíamos todas las tardes a jugar con el balón a la plaza del barrio; era una manera de pelearse por ver quién era el mejor, incluso alguna vez rompíamos las ventanas de un balonazo. Ahora, salgo a la calle, voy a los parques y solo veo a los jóvenes enganchados al móvil o en casa encerrados con las videoconsolas. Es que yo de niño no cambiaba por nada del mundo estar en la calle con un balón.

-¿Tan mal ve el panorama?

-Pues fíjate. Yo empecé mi carrera hace unos doce años, aproximadamente, y lo primero es que las redes sociales ni existían. Uno veía los resúmenes por las noches, al llegar a casa, pero ahora es que termina el partido y ya está la gente subiendo fotitos y demás. Ojo, que yo a veces también lo hago, pero hasta cierto punto. Actualmente hay muchas distracciones, y las redes sociales son un ejemplo: están bien, porque son un escaparate para darte a conocer, pero yo sigo igual que cuando era pequeño. Soy un culo inquieto, no paro.

-Hábleme de sus inicios, en el Athletic. ¿Tiene la espina de no haber llegado a la élite?

-Recuerdo que jugaba en el equipo del barrio, y un día me planté en Lezama, hice una buena pretemporada en el Bilbao Athletic y, seguidamente, Joaquín Caparrós me llamó para ir a entrenar con el primer equipo. Sinceramente, con 20 años, y siendo un chico de barrio, me quería comer el mundo, el sueño lo tenía ahí, pero lo pasé muy mal: los nervios pudieron conmigo, pero aun así tuve la oportunidad de debutar en San Mamés [en el año 2009, ante el Villarreal]. A la semana siguiente, que todos mis amigos no se lo creían, me lesioné del tobillo y estuve tres meses sin jugar. Casi me operan, pero me recuperé estando dos meses en muletas.

-Nunca sabrá lo que hubiera pasado si no llega a lesionarse.

-La conclusión que saqué de aquello es que lo más importante de todo no es debutar, sino mantenerse. El fútbol te pone en el lugar que te mereces. A veces necesitas una pizca de suerte, que confíen en ti y tengas continuidad. Yo no la he tenido, pero estoy muy orgulloso de lo que he logrado.

-Y también ha vivido otros sinsabores, como el varapalo de Majadahonda.

-Mi ilusión es jugar en el Athletic, lo era desde pequeño y siento al club desde que tengo uso de razón. Hasta Majadahonda, el palo más duro que había recibido fue la no continuidad en el Athletic. Lo del Cerro del Espino fue lo más horrible que he vivido. El viaje de vuelta fue un horror, pero ahí empezamos a ser conscientes de que aún quedaba otra oportunidad. Tampoco pudo ser. Hicimos un trabajo espectacular y merecimos subir. Nos faltó una pizca de suerte.

-Decidió quedarse, en parte, por esa espina.

-Sí es cierto que mis padres están muy cómodos en la ciudad, pero no influyeron. La decisión la tomé yo, y lo hice así porque este es el club en el que más a gusto me he sentido. Esa espina está ahí, y en eso estamos: peleando para sacarla. Con lo de Majadahonda aprendes a ser más fuerte. Con esas hostias que te da la vida, al final o sacas coraje, garra y espíritu, o te hundes. Con ambición se sacan las cosas adelante.

-Usted, desde luego, pasó página rápido. Desde el primer día de la pretemporada marcando goles.

-No fue nada fácil desconectar de todo aquello. Del fútbol, en general. Hice un reseteo de cabeza brutal, de los buenos. Aproveché las vacaciones al máximo, para dejar de lado el fútbol y pasar un poco de todo. Mira que es difícil, porque desconectar de esto no es fácil, y más cuando todos mis planes se torcieron. Si subíamos, me quedaba en el Cartagena, que era lo que quería.

En verano tuve que volver al Albacete y lo pasé muy mal: no contaban conmigo, estaba apartado del equipo, entrenaba por mi cuenta... Todo eso hay que asimilarlo. En el fútbol no es todo color de rosas. Vivir esa situación es jodido. Estoy muy contento de ver cómo estoy ahora y no lo cambiaría por nada. Podré meter más o menos goles, pero siempre lo voy a dar todo: si me tengo que matar con el central, lo haré; si tengo que apoyar a un compañero, apoyaré; si vemos que el rival corre, como equipo correremos más. Es un mínimo, es primordial.

-¿Tiene alguna manía?

-La gente me dice que hago cosas raras, que corro de una forma extraña y cojeo. Yo me río bastante y me lo tomo a bien. Si antes de un partido hago algo y me va bien, procuro mantener esa rutina. En Jumilla, Cristo me puso la camiseta y últimamente comentamos que hay que repetirlo. El otro día, contra el Sanluqueño, le dediqué el gol. Es una persona muy importante para nosotros en el vestuario.

-¿Hasta qué punto es importante el tinerfeño en el vestuario?

-Él ayudó a que viniera Vitolo. Y siempre nos acompaña en los entrenamientos y en las charlas. Dentro del vestuario hay unos capitanes estipulados, por así decirlo, pero lo que veo ahora es que aportan hasta los más jóvenes. Estamos muy unidos y me he dado cuenta de que la unidad del equipo es brutal. Me recuerda al del Albacete, cuando subimos; yo no jugaba, te podías sentir más o menos metido en el grupo, pero estabas concienciado de que el bien de todos era subir. No jugué demasiado, pero a mí me vino bien ascender. Al club, a la afición, a la ciudad, a cualquier jugador. Un ascenso nos cambia la vida a todos. Y de eso nos tenemos que mentalizar.

-¿Hay mejor plantilla que la temporada pasada?

-Han cambiado las formas. Ahora hay personas diferentes en el cuerpo técnico. Somos todos nuevos y cualquiera, pero cualquiera, sería titular en casi todos los equipos de Segunda B. Hay mucha competencia y todo el mundo puede jugar. A mí cuando Munúa me deja fuera, me enfado. Eso es así. Los futbolistas somos egoístas. Pero hay que aprender a trabajar y mentalizarse para aprovechar las oportunidades que te da.

-¿Munúa es más duro que Monteagudo? ¿Qué ha cambiado?

-Munúa tiene una forma de ver el fútbol, y a mí personalmente me gusta muchísimo cómo es. Habrá opiniones de todo tipo, pero vamos a muerte con él. Lo más importante es la unión, y en eso estamos. Es el camino más fácil para ascender.

-¿Alguna vez había sido el mejor jugador del partido, como en Jumilla, y al siguiente no era titular?

-Nunca me había pasado. Cuando no juego, evidentemente no me hace gracia. No es lo habitual. Me pongo de mala leche, pero cuando empieza el partido, lo único que hago es apoyar a mis compañeros para conseguir la victoria. Al final eso es lo que tenemos que hacer, estar todos enchufados. A un jugador le hará poca gracia ser suplente, es normal y ese egoísmo existe, pero insisto: lo más importante es el bien común. Aquí estamos todos para subir a Segunda, no para ir cada uno por su cuenta, marcar goles y fichar por el Bayern de Múnich. No hay más.

-Con Munúa no se puede relajar, está claro.

-Tienes que entrenar en el día a día. Como te relajes un momento, cualquier compañero te adelanta y te quita la titularidad. Con la plantilla que hay, te das cuenta de que debes morder todos los días. Cada entrenador planifica las cosas de una manera y confía en más o menos jugadores. La temporada pasada igual se confiaba menos en otros futbolistas, y veías un 'once' más a o menos fijo cada semana, y esta vez rotamos todos. Cuando hay cambios, el equipo rinde igual de bien. El que se caiga del barco, lo vamos a ayudar, pero ya sabe lo que hay.

«Al Athletic lo sigo menos; ahora soy más seguidor del Cádiz, por mi hermano»

Al delantero del Cartagena Isaac Aketxe le encanta comer «un buen chuletón», pero sobre todo le vuelven loco «las alubias rojas». En su tiempo libre, cuando se quita la camiseta del Efesé, suele estar en su piso, en el casco histórico, y «jugar a la videoconsola». También con su gato y ver partidos de fútbol. Al Athletic, «que es el club de mi infancia, lo sigo siempre, de pequeño era socio, pero ahora soy más seguidor del Cádiz», reconoce.

El ariete vasco es una persona «familiar» y los suyos son «lo primero». En el club gaditano juega su hermano, Ager Aketxe, que tira las faltas igual que él, y siempre que puede lo ve jugar por televisión. «Lo primero de todo en mi vida es el bienestar de mi familia, de mis padres y de mi hermano. También de la gente de mi alrededor», como los empleados y directivos del club, con los que mantiene una estrecha relación.

«Actualmente, en el mundo del fútbol hay personas que prometen el oro y el moro, y luego no es así. Paco [Belmonte] y Manolo [Breis] son de palabra y nunca me han fallado. Nunca antes había tenido a directivos tan cercanos», asegura.

En el vestuario, reconoce que hay futbolistas que «aparentan mucha seriedad y no es así», como Óscar Ramírez. «Me llevo genial con él, vamos juntos a los entrenamientos. Parece el más vinagre y es un trozo de pan», dice el vasco, seguidor de la música de Izal y de las películas de Martin Scorsese.

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