TIEMPO DE SILENCIO

FRANCISO J. MOYA
FRANCISO J. MOYACartagena

Alguna vez he escrito que el fútbol es como la vida. Es, por supuesto, un estado de ánimo, que decía Boskov. Y a veces pasa que no existe el término medio. Cuando ganas, es como una noche de marcha de finales de los 90 en el Puerto de Mazarrón, de aquellas que empezabas relativamente relajado en los bares de Playa Grande y terminabas a todo trapo en una discoteca de Bolnuevo, con el sol desperazándose, la cartera vacía y los bolsillos -si habías tenido suerte- llenos de arena. Si pierdes, es como una noche de verano en la camilla de urgencias, esperando turno para que el enfermero te saque una docena de pinchas de erizo de la planta del pie. No hay grises. No hay paz en el fútbol. No hay paz en la vida. Menos aún si estamos en verano.

La cosa se complica además en estos tiempos difíciles, en los que parece que tu vida solo va teniendo sentido conforme aumentan el número de 'likes' en tu cuenta de Twitter o Instagram. La vida real no importa. Pasa que no hay pasado, ni a corto ni a largo plazo. Dame algo y dámelo ya. Aunque sea mentira. Gasta. Ficha. Gasta. Ficha. Ya veremos cómo lo pagamos después. Triunfa el exceso. Ya estoy hablando de fútbol. Otra vez. No se premia la cordura. Y eso es un problema. Así, asisto atónito estos últimos días a la catarata de dudas y la avalancha de quejas que está provocando entre la Efesemanía el retraso en el club a la hora de anunciar novedades de cara al próximo ejercicio. Hay tanto nerviosismo que incluso se pone en tela de juicio el proyecto de Paco Belmonte y Manuel Sánchez Breis, aquellos tipos que llegaron al Efesé cuando todo estaba en peligro y hoy, tres años después, lo han convertido en el club con más y mejor futuro de todos los que hay en la Región. No ha subido el Efesé. Tampoco lo hizo el año pasado. Pero subirá el que viene, al otro o al siguiente.

Claro que Belmonte y Breis han tardado algo más de lo normal en arrancar el motor. Ojo, tampoco mucho. Hace solo tres domingos que el Cartagena perdía el ascenso, por segunda vez, contra el Extremadura. Y quedan 40 días para que empiece la Liga. Sobra tiempo. Y además, en estos días de calor, yo reivindico el derecho a la pereza. A estarse quieto. A pensar antes de ejecutar. Es necesario permanecer callado de vez en cuando. Es incluso sano un poco de soledad y silencio. En estos días de reflexión y de redefinición de un proyecto que a la larga tendrá que seguir los pasos de los de Cádiz, Oviedo, Numancia y Leganés, es momento de recordar de dónde venimos. Del abismo.

Solo nos acordamos de lo que ha pasado en los cinco últimos minutos y a la gente se le llena la boca pidiendo limpieza y revolución en la plantilla. Nos acordamos del autogol de Míchel Zabaco en el Cerro del Espino, de la patada de Rubén Cruz a Kike Márquez y de que Ruibal ha terminado marchándose al Rayo Majadahonda. Preferimos olvidar que antes de todo eso, por el camino, vivimos ratos la mar de agradables. ¿Por qué no recordar el golazo de Jesús Álvaro y la fiesta posterior en Talavera? ¿Y el gol de Chavero en Lorca, para confirmar una remontada de líder en el Artés Carrasco? ¿Se acuerdan de la victoria en el derbi de noviembre? ¿Y del meneo al Extremadura en abril? Aquello pasó. No fue un sueño, como lo de Antonio Resines y Belén Rueda en el final de 'Los Serrano'.

Una revolución errónea

«Este equipo no ha subido, ha fracasado y hay que cambiarlo todo», escucho. Y leo por ahí. La última vez que me dijeron algo parecido fue en 2014, cuando Javier Marco y Florentino Manzano echaron a Tevenet, Carlos David, De Lerma, Fernando, Megías, Riau y compañía. Los que trajeron, que presuntamente eran mejores, se quedaron a escasos minutos de llevar al Efesé a Tercera. De ser tercero a ser decimosextos. Salvados por la campana. Han pasado cosas que no debían haber sucedido. Desde luego. El 'no' de Luis Tevenet fue un palo, como cuando te dicen en el instituto que Lucía quiere salir contigo y cuando te lanzas, Lucía te dice que no está preparada. Te das la vuelta con las piernas temblando y el corazón hecho jirones. Quieres que el mundo arda. Pero es mejor no provocar incendios innecesarios. Eso lo aprendes con el tiempo.

Nadie puede poner en duda la calidad y la valía de casi todos los jugadores con contrato en vigor con el Efesé. Si servían hace un mes, sirven ahora. Pasó lo que pasó en Majadahonda y se supone que eso lo cambia todo. Pero no. La gente pide sangre. Pero no. No le pongo ni una sola pega a los Pau Torres, Óscar Ramírez, Moisés, Jesús Álvaro, Chavero, Sergio Jiménez, Cordero, Hugo y Rubén Cruz. No hay absolutamente nada que reprocharles, aunque decirlo pueda resultar incómodo e impopular. Sé que si el partido de Majadahonda hubiera durado un minuto menos, hoy todos serían héroes. Me niego a seguir la corriente y aceptar que, como duró un minuto más, todos son villanos que merecen el despido.

En el fútbol, como en la vida, nos cansamos de ver siempre las mismas caras. Por eso ha tenido que irse Alberto Monteagudo, que tiene toda la integridad que les falta a los que acuden a un campo de fútbol a escupir por la boca todas las miserias acumuladas en una vida que no debe ser demasiado afortunada. Menos mal que son una inmensa minoría. Así, mientras Monteagudo se patea todos los colegios de Albacete rogando que en alguno le hagan sitio a sus hijas, terminado ya el plazo de inscripción, nos preparamos para recibir a su sucesor, un Gustavo Munúa que ilusiona más por lo que se intuye que por lo que se sabe. Es una cara nueva. Y eso gusta. Si conserva lo que hay que conservar y administra bien la herencia recibida, probablemente tendrá éxito. ¡Adelante!

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