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El peón que casi llega a capataz

Alberto Monteagudo, en Pinatar Arena. / Pablo Sánchez / AGM
Alberto Monteagudo, en Pinatar Arena. / Pablo Sánchez / AGM

Alberto Monteagudo estuvo 22 meses en el paro y, sin apenas currículum, ha sido capaz de liderar un proyecto en el Efesé al que solo le faltó el ascenso

RUBÉN SERRANO Cartagena

Una de las obsesiones de Alberto Monteagudo (Valdeganga, Albacete, 1974) desde que es entrenador de fútbol es mirar el móvil constantemente, incluso cuando pasea con su familia por el centro de Cartagena o se toma una cerveza en una terraza de La Azohía, donde le gusta desconectar de todo, «viendo barcos y mirando las olas del mar». Un placer para un tipo de la profunda Castilla, la de La Mancha. Es al primer sitio al que fue el martes pasado, tras dar vacaciones a sus jugadores y arrancar unas semanas de asueto que aún no sabe cuando acabarán. Dos semanas o, tal vez, muchas semanas. Meses.

Aunque esté librando, eso sí, a él le gusta estar en continuo contacto con su cuerpo técnico. «No descansa ni en los días libres. Su mujer, Teresa, ya está acostumbrada a verlo con el móvil; son muchos años ya», aseguran en sus círculos personales más cercanos. Este manchego, espigado, perfeccionista y de buenas palabras, está a punto de convertirse en pasado del Cartagena. Lo tiene crudo para seguir, a pesar de que ha estado a punto de llevar al club a Segunda, casi una década después de la alegría en Alcoy. Se quedó a 30 segundos en Majadahonda y parece que se va a tener que marchar, tras 107 partidos en el banquillo, con esa sensación de frustración que le perseguirá durante toda la vida.

«Es un trabajador al máximo, un profesional cercano, coherente y sincero con el futbolista. En su carrera se ha encontrado con situaciones muy adversas, con impagos y momentos difíciles que ha solventado. Vive por y para el fútbol», dicen sus colaboradores en el cuerpo técnico sobre Monteagudo, aquel joven que prefirió ser pivote defensivo a seguir los pasos de su difunto padre, médico del pequeño pueblo manchego de Valdeganga. Esa vida, tal vez, le habría costado menos disgustos, porque su carrera profesional no fue nada sencilla: se fue al traste, de la noche a la mañana, en 2009, cuando su rodilla dijo 'basta'. Ahí, sin llegar a los 35 años, acabaron las etapas en el Albacete, los roces con David Vidal en el Real Murcia y los malentendidos con Joaquín Caparrós en el Recreativo de Huelva.

El entrenador manchego ha basado su trabajo en la coherencia, la lealtad, la humildad y la palabra

El cambio del césped al banquillo tampoco fue coser y cantar. Monteagudo aprendió primero en el Lucena, se contagió después del 'buenrollismo' de Pepe Mena en la Cultural Leonesa y Florentino Manzano se cruzó en su camino en el Cádiz. La relación fue tan áspera como breve: 12 jornadas en el Ramón de Carranza. Igual de desafortunado acabó su paso por La Roda, con 9 puntos de 54 posibles. Se quedó en el paro 22 meses.

Una etapa durísima, aquella. Así lo confirman sus palabras en 2016: «Es muy jodido, pasaban los días y no llamaba nadie. Me llegué a plantear que nada tenía sentido, que o tenías buenos contactos o no me colocaba», dijo este padre de familia, que en los dos últimos años y medio ha vivido en el Polígono de Santa Ana y que disfruta leyendo libros sobre Pep Guardiola. No en vano, su preparador físico en el Manchester City, Lorenzo Buenaventura, fue quien le convenció para ser entrenador. Él, humilde, obrero, se conformaba con ser coordinador de algún equipo. «Me dijo que tenía madera, y, pasados los años, le escribí para decirle que me iba muy bien», ha contado alguno vez el propio Monteagudo.

Su etapa en el paro le sirvió para enriquecerse y prepararse para futuros retos. Mataba el tiempo en Lezama, Paterna y el Cerro del Espino, viendo los entrenamientos de Bielsa, Emery y el Cholo Simeone, respectivamente. Ahí, en Majadahonda, donde pudo cerrar el círculo, empezó a construir los pilares de un proyecto en el que muy pocos creían al principio y que, de no ser por esos fatídicos segundos y el autogol de Zabaco, habría culminado con un histórico ascenso a Segunda. Paso lo que pasó y el héroe se convirtió en villano. Afortunadamente, muchos sí reconocen la notable labor que ha realizado en el Efesé entre febrero de 2016 y junio de 2018. En total han sido 28 meses. Una vida entera para un entrenador. Una eternidad en Segunda B, donde los técnicos suelen caer a los tres o cuatro meses.

Una mañana de enero de 2016, al fin, recibió una llamada: era del Cartagena y le ofrecían liderar el nuevo proyecto de Paco Belmonte y Manuel Sánchez Breis, tras probar suerte con Víctor Fernández. Dos años y medio le sirvieron para construir un estilo de juego reconocible, al toque y muy vertical. «Le obsesiona que sus equipos roben la pelota rápido tras una pérdida de balón. En ese sentido es muy puntilloso», sostiene Juanlu Bernal, su segundo, con el que ha compartido una década en los banquillos. Son inseparables.

A las puertas

Con esa filosofía ha estado muy cerca de tocar la cima en el Efesé. Sacó brillo a una plantilla hundida en mitad de la tabla, con una racha de quince jornadas consecutivas sin perder. También se quedó a un gol de eliminar al Barcelona B. Levantó a los jugadores y los llevó a acariciar un ascenso que se esfumó en Majadahonda de la forma más cruel. Era el triunfo de un peón que parecía que por fin llegaba a capataz. Sin embargo, a Monteagudo, que antes del partido del Cerro del Espino fue tanteado por varios clubes de Segunda, le toca seguir braceando en el fango de Segunda B. Y, salvo que Belmonte y Breis se echen al monte y lo matengan esta semana en contra de los deseos de un sector mayoritario de la afición, será lejos de aquí. Ha remado mucho en el Cartagena, pero ha terminado ahogándose en la orilla. ¿O no?

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