El hastío

Llorente, Sergio Jiménez y Juan Antonio Ros, en el banquillo del Mini Estadi, al término del partido.
Llorente, Sergio Jiménez y Juan Antonio Ros, en el banquillo del Mini Estadi, al término del partido. / LOF
OPINIÓN

«Salía del Mini Estadi, de acabar una crónica de difícil digestión y de echar un par de lágrimas»

FRANCISCO J. MOYACartagena

Una vez, en los tiempos en los que se derrumbaba el 'Imperio Albinegro' de Paco Gómez, le pregunté a un conocido y respetado empresario de la ciudad, muy futbolero, muy cartagenerista y muy asiduo al Cartagonova, si nunca había pasado por su cabeza la posibilidad de hacerse cargo del Efesé y reflotarlo. «Muchas veces», me respondió. Para él, ni joven ni viejo sino todo lo contrario, siempre fue un sueño presidir el Efesé, invertir en el equipo de fútbol de su tierra y llevarlo a la élite. «Entonces, ¿por qué no lo haces?». «Por dos motivos», me contestó. «Porque no quiero arruinarme y, sobre todo, porque todo el que ha entrado en el fútbol de Cartagena, ha salido malamente, criticado e insultado. Y eso me tira para atrás siempre, porque no quiero que mi familia pase por ese trago». Eso me dijo y citó ejemplos: Andrés Martínez, José Luis Belda, Andrés Hernández, Antonio Inglés, Paco Villaescusa, Florentino Manzano y Paco Gómez. Igual citó a alguno más.

Ninguno de esos presidentes fue ejemplo de nada y cometieron muchos errores, desde luego, en lo deportivo y en lo financiero. Los resultados no pueden ser más palmarios. Endémicas crisis económicas, desaparición, refundación y otra casi reciente desaparición. Todo en cuatro décadas con solo dos éxitos, el de Torrejón y el de Alcoy. Suspendieron. Es así. Pero tuvieron valor, orgullo y ganas de jugarse un patrimonio que en muchas ocasiones era bastante más escaso de lo que todos creían. Salvo el primero y el último nadie cató la Segunda A. Y casi todos palmaron dinero, unos mucho y otros poco. A unos les sobraba y a otros no. Pero lo cierto es que en el Cartagena todos -sin distinción- se dejaron sus ahorros y su prestigio.

Queda claro que no es ciudad para lisonjas nuestra Cartagena, la única con más de 200.000 habitantes de toda España que nunca ha tenido a su equipo de fútbol en Primera División. Y, a pesar de esa negra estadística, ahí seguimos, inasequibles al desaliento. En este tramo final de curso, por ejemplo, hemos vuelto a sacar nuestra vena más cainita para zurrar hasta la extenuación a Alberto Monteagudo, uno de los dos mejores entrenadores que ha tenido el club desde el ignominioso descenso del año 2012.

No voy a detenerme ni un segundo más en lo que se ha castigado a Arturo, a quien le han dado lo suyo y lo de su primo. No hablo necesariamente del escritor, 'el otro Arturo'. Y también ha probado de nuestra medicina Paco Belmonte, quien sabe mejor que nadie que se equivocó al no fichar en enero al goleador que necesitaba el equipo para subir y que esa 'no decisión' posiblemente le ha costado al final un histórico ascenso.

Lo sabe Belmonte, como todos sabemos que sin su salvadora y oportuna llegada hace ahora dos años no estaríamos hablando de un 'playoff' de ascenso fallido. Tampoco estaríamos hablando de un club resucitado en lo económico, rehabilitado en lo social y capaz de acabar una temporada en Segunda B con un superávit de 200.000 euros. Los datos hablan por sí solos, pero aquí preferimos pegarle fuego a todo. Hay gente que no fue al Cartagonova en el 'playoff' porque le parecían caras las entradas para ver al Alcoyano y al Barça B. Las del Bernabéu, en cambio, son otra cosa.

El estadio debió llenarse. Y no se llenó. Y no hablemos de la tele. A Belmonte lo quisieron mandar a la hoguera por impedir que los partidos más importantes del año fueran retransmitidos a cambio de migajas. En mi opinión, lo normal es defender a tu abonado y cuidar al máximo lo único que tiene valor en un equipo de Segunda B (lo que pasa en los 90 minutos del partido de cada domingo). Debo ser de otro planeta.

Así, casi un extrarrestre, me sentí el otro sábado por la noche caminando cabizbajo por la Travesera de les Corts, en la Barcelona más calurosa y desierta que jamás he conocido. Salía del Mini Estadi, de acabar una crónica de difícil digestión y de echar un par de lágrimas. No nos engañemos. No soy joven ni viejo, sino todo lo contrario. Pero el niño que lloró el autogol de Pombo sigue ahí. Como el muchacho que ni cenó ni durmió la noche del 'Cordobazo'. Yo, en el caso de Gonzalo Verdú, hubiera renovado. Pero es que yo, que era muy malo, hubiera pagado por jugar alguna vez en el Efesé. A él lo entiendo y lo respeto. Que se vaya al Elche no significa que Gonzalo sea mejor o peor cartagenero, ya que si hay algo que me molesta es ver cómo funcionan esos tipos que van por la vida repartiendo los carnés de buenos o malos cartageneros.

Andaba yo -iba diciendo- como aquel burro amarrado a la puerta del baile que cantaban García y Portet, con ganas de pulverizar las horas y de que amaneciera cuanto antes para volver a casa. Me sentía lo suficientemente joven como para subir al Tibidado a tomar el aire y lo suficientemente viejo como para pasar por cuatro garitos de la Diagonal sin ni siquiera hacer el amago de entrar para ahogar las penas con unos tragos. Pensaba -taciturno- que el Cartagena había dejado escapar esa noche una oportunidad única. Lo tuvo en sus manos. Y entonces, sin saber aún que el Barça B ganaría 1-4 en Santander y en mitad de una madrugada tórrida, sentí frío. Y luego vino el hastío.

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